En un contexto global marcado por profundas transformaciones sociales, políticas, ambientales, tecnológicas y culturales, la formación de agentes de desarrollo enfrenta hoy desafíos que van mucho más allá de la transmisión de herramientas técnicas. El conversatorio realizado en el marco de la presentación del estudio de impacto de la formación brindada por Escuela para el Desarrollo, estudio de impacto realizado por la Red Internacional Profadel, permitió reflexionar colectivamente sobre los impactos de los procesos formativos, el sentido del desarrollo y el rol ético, político y territorial de quienes trabajan por la transformación integral.
Uno de los aprendizajes centrales que emergió de los testimonios de las y los participantes fue la importancia de aprender con otros y desde otros. Aprender a observar, a escuchar y a dialogar con un propósito claro forma parte de una concepción de la formación que trasciende el plano instrumental. No se trata únicamente de adquirir herramientas conceptuales o metodológicas, sino de desarrollar capacidades para comprender las dinámicas complejas de los territorios, sus actores, tensiones y potencialidades. Se trata de aprender a aprender de los otros y de su propia experiencia.
En este proceso, se reconoció la existencia de múltiples matrices culturales, desde las cuales se construyen miradas diversas sobre la realidad. El aprendizaje surge entonces de experiencias situadas y contextualizadas, profundamente ancladas en los contextos locales. Desde esta perspectiva, el conocimiento necesario para transformar la realidad no es un conocimiento impuesto ni individual, sino un conocimiento co-construido, elaborado colectivamente a partir del intercambio de experiencias, saberes y prácticas.
La interacción entre participantes se reveló como un elemento clave de los procesos formativos. Es en ese diálogo donde el aprendizaje se vuelve más significativo y productivo, ya que permite generar resultados útiles y pertinentes para los contextos concretos en los que las personas desarrollan su trabajo. Este enfoque favorece un mayor involucramiento, una apropiación más profunda de los aprendizajes y una atención constante a los resultados, en la medida en que estos responden a la diversidad y a las necesidades reales de los territorios.
La intervención de Malala Rasamijaona, de FFF Malagasy Mahomby (Madagascar), permitió profundizar esta reflexión desde una experiencia concreta. Madagascar, un país marcado por la pluralidad y la diversidad, encuentra en el trabajo de FFF —un centro de formación asociativo creado en 1992— un espacio donde esa diversidad se transforma en complementariedad. Desde sus inicios, la organización ha cuestionado permanentemente qué significa ser agente de desarrollo, desde la interculturalidad, entendiendo que el propio concepto de desarrollo ha evolucionado y sigue planteando nuevos desafíos.
Hoy, estos desafíos están fuertemente atravesados por los avances tecnológicos, como la automatización y la inteligencia artificial, que interpelan el empleo y el rol del ser humano en la construcción de las sociedades. Frente a este escenario, Malala subrayó un elemento central: la ética como componente esencial en la formación de agentes de desarrollo. Brindar herramientas es necesario, pero no suficiente; estas deben estar adaptadas a los territorios, a las necesidades de las poblaciones y orientadas por valores que sitúen la dignidad humana y el bien común en el centro de la acción.
Otro desafío clave señalado fue el del financiamiento del desarrollo y de los propios agentes de desarrollo, en un contexto global donde predomina una lógica de mercado que tiende a desvalorizar estas iniciativas, a pesar de su impacto directo en el bienestar de las personas y las comunidades.
Esa evolución del contexto internacional, que tiene como consecuencia la reducción de los puestos de agentes de desarrollo y por ende de las motivaciones para formarse para ello, conlleva a imaginar cómo integrar dimensiones éticas, sociales e interculturales en las formaciones más atractivas como ser las formaciones de ingeniería, de comercio, de derecho, entre otras.
Desde Francia, Christophe Mestre, del CIEDEL, reforzó esta mirada al señalar que ser agente de cambio implica no solo capacidades técnicas, sino también principios, valores, visión y propósito. Esta orientación ha estado presente desde los inicios de Escuela para el Desarrollo y se ha ido fortaleciendo en la capacidad de análisis crítico de la realidad, una capacidad que permite mejorar la acción y proyectarla más allá de lo local, hacia una mirada internacional que enriquece el trabajo territorial.
Christophe planteó además un desafío estratégico para los centros de formación en el actual contexto de crisis de la cooperación y reducción de recursos financieros: no basta con seguir formando personas, es imprescindible articular a quienes ya han sido formadas. Cientos o miles de agentes de desarrollo cuentan hoy con capacidades que, si se conectan y acompañan, pueden convertirse en una fuerza colectiva capaz de incidir en la realidad.
Este llamado cobra especial relevancia frente a las crisis de gobernabilidad que atraviesan muchos países como el Perú. ¿Cómo pueden estos agentes formados intervenir en el espacio público? ¿Cómo pueden contribuir al fortalecimiento del espacio cívico y a la defensa del bien común? Estas preguntas abren la necesidad de pensar la post formación y el acompañamiento como ejes estratégicos, capaces de generar espacios colectivos de diálogo, incidencia y acción a nivel local, regional, nacional e internacional.
En la parte final del conversatorio, se retomó una reflexión de fondo: la urgencia de recuperar la política en su sentido original, como acción colectiva orientada al bien común. En un mundo donde se observa un repliegue de las sociedades sobre sí mismas, y donde se exacerban el racismo, la xenofobia y la discriminación hacia las personas migrantes, el rol de los centros de formación se vuelve aún más relevante. Trabajar la ética, las relaciones humanas y la superación de toda forma de discriminación no es un complemento, sino una condición para la vida en comunidad.
El caso de Madagascar volvió a aparecer como una paradoja reveladora: un país rico en biodiversidad, recursos marinos y minerales, pero donde la pobreza se expresa crudamente en el hambre. En muchos casos, persiste la expectativa de que las soluciones provengan “de arriba”, del sistema o del régimen, simbolizada en la imagen de “el pan que viene del cielo”. Frente a ello, el desafío es empoderar a los agentes de desarrollo para que, desde sus comunidades, pongan en valor los recursos del territorio, produzcan, generen alternativas y satisfagan las necesidades locales.
El conversatorio cerró con una imagen potente y profundamente pedagógica: la formación como un proceso de siembra. Se siembran semillas que requieren tiempo, cuidado y acompañamiento. Algunas germinan lentamente, otras encuentran resistencias, pero todas tienen el potencial de dar frutos. Frutos que, con el tiempo, pueden contribuir a construir sociedades más justas, solidarias y comprometidas con el bien común.
Texto elaborado por Arnaldo Serna y revisado por Christophe Mestre
Lima, 31 de diciembre 2025